AL FINAL… TODOS CALVOS

Esta frase ocurrente ilustra con popular e irónica sentencia, una clara verdad. Si el azar quiso ofrecernos al nacer un futuro prometedor o jugarnos una mala pasada, la muerte ejerce ciertamente justicia, tratando a todos por igual.

Hoy podría haber entrado en mi blog, a propósito del aforismo que sirve de enunciado, haciendo un divertido comentario sobre la versatilidad de los modos y las modas, y sobre cómo no hace demasiado tiempo presentar una espléndida calvicie resultaba en cierto modo vergonzante y se trataba de paliar con peluquines o bisoñés. Hoy, sin embargo, lucir una cabeza bien rapada aporta un tono de modernidad y a decir de algunos, de virilidad. Hay quien incluso llega a ver en una brillante calva un símbolo fálico. En cualquier caso, ya nadie siente la necesidad de ocultar su calva más o menos prominente, si no es para abrigarla al resguardo de las inclemencias del tiempo.

Pero no es esa la reflexión que hoy sugiero a mis lectores. A nadie extrañará que, pues me encuentro a mitad de camino entre la reciente pérdida de un ser muy querido y la efemérides -no me atrevo a llamarla celebración- del día de difuntos, sea la consideración sobre el último día, nuestro último día, la que me ocupe.

Decía más arriba que la muerte es quien hace mejor justicia, pues iguala a todos, sin excepción; quizás sólo podamos reprocharle el que en ocasiones actúe con mayor premura o con más condescendiente dilación.

El gran Jorge Manrique, en el precioso homenaje que dedica a su padre, don Rodrigo, nos invita a una profunda reflexión. A través de hermosas y bien traídas metáforas de ríos que acaban confundiendo sus aguas en el mar o de caminos distintos que nos conducen a una morada común, nos avisa sobre tres facetas de la vida, que conviene tener presentes y poner en valor: la ‘terrenal’, fatigosa y efímera, por la que generalmente nos esforzamos, a sabiendas de su futilidad; la de ‘la honra y la fama’, que ofrece un modo, aunque también ‘perecedero’  de continuidad en el recuerdo, admirado o respetuoso, de generaciones futuras, y la que el poeta, desde una posición de fe religiosa, considera más valiosa y por la que, a su juicio, merece la pena luchar: la que trasciende tiempo y espacio y que, al contrario que las otras dos, merece el calificativo de ‘eternal y verdadera’.

Puede resultar paradójico, a mí me lo parece, que a medida que uno se va haciendo mayor, el final resulte menos temido. Puede que por el convencimiento de su inminencia, ante tantos árboles como vas viendo caer alrededor; puede que por la propia fatiga de vivir; o seguramente, porque la proximidad de lo inevitable encuentra en la resignación el necesario mecanismo de defensa. Uno acaba por aceptar su incapacidad para sospechar siquiera qué ha de encontrar más allá de la última frontera; en cualquier caso, poco o nada podemos hacer por alterar, con nuestra voluntad o nuestro esfuerzo, el devenir que Dios o las leyes de la naturaleza -para el creyente dispuestas por aquél- nos depare.

Llegados a este punto, y puesto que hemos de seguir pedaleando para no caer, tratemos de vivir dignamente el tiempo que se nos concede. Mejorar nuestra calidad de vida y la de nuestra  descendencia, es una buena razón para el esfuerzo; dedicar buena parte de éste a aliviar la desgracia de los menos afortunados, una labor digna de encomio y que puede paliar la propia indigencia de nuestro espíritu; vivir con dignidad y ofrecer esa misma dignidad a cuanto nos rodea, un buen bagaje que mostrar al final del camino.

En todo caso, reflexiones aparte, la vida sigue. Y hasta tanto la calvicie definitiva nos respete, acicalemos cuerpo y espíritu, por nosotros mismos y por gentileza hacia quienes, caminando a nuestro lado, nos acompañan, nos quieren o simplemente nos soportan.

El  poema que sigue, escrito en mis años adolescentes, en parte me hace sonreír y en parte me sonroja. Puedo aseguraros que mi posición ante la muerte es hoy bastante distinta. Pero los versos nacieron así, a mis dieciocho años, y me apetece respetarlos en su integridad.

¡Calla, muerte, tu irónica sonrisa,

que me espanta tu imagen!

Siento el filo cortante de tu dalle

rozar sobre mis carnes,

y la hedionda carroña

que esconde la tierra en sus entrañas,

alargando sus fauces hambrientas

me reclama.

 

Eres cruel y cobarde,

y gozas de tu triunfo

al ver que todos huyen

y nadie se te escapa.

 

Tronchaste de un zarpazo

la flor de primavera,

y sajarás mañana

el capullo apretado

que hoy estrena su savia.

 

Te agrada ver temblar al hombrezuelo

cuando asomas tu sombra quijotesca

blandiendo la guadaña.

 

Te temo, muerte, y sé que un día

estrecharás con saña

la garganta indefensa de mis años.

Pero espero vencerte

y arrancar la sonrisa de tus labios,

aplastando tu cráneo

bajo el tronco invencible

de una vida robusta.

 

¡Tiembla, muerte,

que tu reino se acaba!

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