¿GENERACIÓN PERDIDA?

¿Es una lata el trabajar? Cuando hace tan sólo unas décadas el cantante argentino Luis Aguilé agitaba sus exóticas corbatas y cimbreaba su espléndida humanidad al ritmo de composiciones simpáticamente satíricas, no podía imaginar que estas palabras con las que iniciaba una de las más populares, podrían aparecer entre interrogantes. “Es una lata el trabajar -decía-,  todos los días te tienes que levantar…” Y tarareábamos letra y melodía, convencidos de su indiscutible e indiscutida realidad.

Para los sesudos exégetas, la interpretación bíblica tampoco deja lugar a dudas: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, sentenció Dios al expulsar al primer hombre del paraíso que le había sido concedido, tras incumplir el único precepto y transgredir la condición que se le había impuesto para gozar de una felicidad sin límites: probar la fruta del árbol prohibido.

Siempre se ha entendido el trabajo como un derecho inalienable, una ocupación necesaria para la supervivencia del individuo y de la especie, una carga que implica esfuerzo, únicamente suavizado por la satisfacción ante la obra bien hecha y por el reconocimiento social y  la remuneración que generalmente lo acompañan. Satisfacción que se acrecienta y sostiene cuando la ocupación resulta gratificante en sí misma, por coincidir con las propias aficiones o con una clara vocación personal.

Pero ha llegado un punto en el que ‘trabajar’ es casi un privilegio. Un bien en sí mismo -casi no importa el cuánto, el cómo, el dónde ni el para qué- , un bien preciado que muchos persiguen y todos tememos perder.

Las cifras, demoledoras, no paran de crecer. Las últimas, escalofriantes: una cuarta parte de la población activa de nuestro país, no tiene trabajo ni, por el momento, perspectivas de conseguirlo. Porcentaje que en algunas comunidades supera el treinta por ciento, y en la comunidad ceutí pasa del cuarenta.

Ha transcurrido un lustro ya desde que se inició la crisis actual y la curva de población en paro comenzó su vertiginosa ascensión. Cambian los gobiernos, se ensayan diferentes planes de saneamiento, y la promesa, siempre la misma y siempre incumplida, se repite: nos acercamos al punto de inflexión y es cuestión de meses el que los ‘brotes verdes’ aparezcan, la curva comience -lentamente, eso sí- a cambiar su tendencia y, con el esperado crecimiento económico, la destrucción de empleo se torne en creación de puestos de trabajo. La última prospección, nacida del optimismo  más políticamente correcto, sitúa el cambio de tendencia en el segundo semestre del 2013, y aventura para el 2023 un índice de desempleo del quince por ciento. El panorama, claramente desalentador.

Desde que, con la revolución industrial y el desarrollo tecnológico, máquinas  cada vez más sofisticadas y eficaces hicieron su aparición en el mercado, se suplantó en gran medida la labor del trabajador y creció el fantasma del paro; lo que se presumía una redención, se ha convertido para muchos en una amenaza para la supervivencia de su grupo familiar. La rentabilidad, fría y calculadora, objetivo de toda empresa, y la cuenta de resultados no contemplan por lo general el drama humano que en muchas ocasiones generan.

Cada día este drama humano, del que los medios de comunicación se hacen permanente eco,  se manifiesta con mayor crudeza: incapacidad para salir adelante, impagados, desahucios, pobreza vergonzante… desesperación que en ocasiones acaba en el suicidio.

El que las máquinas vayan ganando terreno al hombre y el alivio se convierta en amenaza, resulta en todo caso comprensible y fruto de la propia evolución. Lo que no puede aceptarse con igual serenidad es el hecho de que sean la especulación financiera, los intereses de un mercado sin escrúpulos o la mala administración los principales agentes del desastre. Un dato: Bankia pierde 7000 millones en los últimos nueve meses. ¿Hasta cuándo y hasta dónde habrá de seguirse inyectando a una entidad financiera la vida que  se nos escapa a borbotones?  Otro dato más: desde 2008, se han destruido 3,2 millones de puestos de trabajo en el sector privado, mientras el sector público creaba 122.000 empleos nuevos. Al menos en este punto parece apuntarse una nueva tendencia: de los cerca de 100.000 empleos perdidos en el último trimestre, 49.400 pertenecen al sector público, por encima de los 47.600 del sector privado. En este campo, como en otros muchos, queda una gran tarea por hacer.

Las cifras asustan. Los titulares sobre economía en cualquier medio de comunicación resultan descorazonadores. Pero más allá de la guerra de cifras, de la alarma social o del oportunismo político, está el sentimiento de frustración de una sociedad que contempla el desánimo de una generación perdida.  Una juventud sin presente ni futuro inmediato, que deambula sin oficio ni beneficio. Los que alguien en un gesto inicialmente simpático bautizó como ‘ninis’ -ni estudian ni trabajan-, ven pasar los años sin perspectiva laboral alguna, mientras se apodera de ellos la vergüenza de sentirse parásitos en una sociedad que no les ofrece salida honrosa. Cuando la crisis deje de apretarnos la garganta, es muy posible que no sean ellos, sino otros más jóvenes, quienes encuentren entonces acomodo.

A ellos, a esta ‘generación perdida’,  mi poema de hoy y el ferviente deseo de que este apelativo sea sólo fruto de una pesadilla y no llegue nunca a convertirse en una triste y lamentable realidad.

Nacisteis con un pan en vuestra mano,

que así nacen los niños deseados;

y os  sentimos crecer ilusionados

en un mundo que dice ser humano.

 

Ahora, jóvenes ya, no está cercano

el sueño que seguís esperanzados,

y os veo deambular, desesperados,

en busca de un lugar que veis lejano.

 

¿Generación perdida? tan terrible

es esta pesadilla, que debemos

luchar por convertirla en imposible.

 

Querida juventud, lo prometemos:

lucharemos y haremos que posible

se torne vuestro sueño: os lo debemos.

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