POR ALÁ, POR YAHVÉ, POR DIOS…

La historia se repite. Israelíes y palestinos, dos pueblos que parecen condenados a eterna confrontación. Desde que en 1948, y tras la masiva afluencia de población judía a los territorios de la Palestina británica, la comunidad internacional reconociese el Estado de Israel, el conflicto entre las poblaciones árabe y judía ha persistido, con fases de aparente estabilidad y otras de declarada y virulenta controversia,  cuando no de manifiesto enfrentamiento bélico.

De triste memoria, la Guerra de los Seis Días, en 1967, el Septiembre Negro, de 1970, Las Intifadas de 1987 y 2000, la más reciente Crisis de Gaza, en el 2008…

Enfrentamientos a los que han ido saliendo al paso acuerdos que en cada caso hacían pensar en una pretendida solución: los Acuerdos de Oslo, en 1993, la cumbre de Camp David, en el 2000, la Cumbre de Taba, en 2001, la Hoja de Ruta para la Paz, en el 2002, la Cumbre de Riad, en 2007…

Y en todos ellos, idénticos elementos de controversia: la aceptación del Estado Palestino -primera y principal cuestión-, la delimitación de las fronteras, el control sobre Jerusalén, los asentamientos judíos… Y algo que está en el sustrato del conflicto y que parece convertir en inviable cualquier acuerdo definitivo: la desconfianza de uno y otro pueblo en el mutuo cumplimiento de los acuerdos. A lo que hay que añadir la actual división del pueblo palestino en dos facciones abiertamente enfrentadas:  Hamás y Al Fatah

A lo largo de casi siete décadas, los conflictos se han saldado casi en su totalidad a favor de Israel. No sólo por su manifiesta superioridad militar y armamentística, sino por la evidente -aunque no abiertamente declarada- alianza del mundo occidental. Puede llegar a parecer que no interese realmente a la comunidad internacional eliminar el conflicto, pues la tensión mantenida en la zona contribuye a evitar el ‘calentamiento’ en otras zonas de más difícil control. Hay quien llega a insinuar la conveniencia -no creemos que así sea, aunque tampoco resultaría descabellado- de contar con un ‘campo de entrenamiento’ donde ensayar la efectividad y precisión de nuevas formas de armamento.

En cualquier caso, y al margen de que el conflicto entre ambos Estados pueda encontrar algún día una solución definitiva, existe una clara diferencia entre la idiosincrasia de ambas poblaciones. Árabes y judíos responden  a dos estereotipos muy distintos, imaginativos y apasionados los primeros, más realistas, fríos y prácticos los segundos.  Características que no deberían dificultar en exceso la convivencia, de no mediar otro componente que hace mucho más difícil la integración: la distinta confesionalidad religiosa y el radicalismo con que ésta se profesa y defiende. Circunstancias todas ellas que estorban -podría decirse que imposibilitan- la convivencia en los territorios ocupados .

Desde aquí nos hacemos eco del permanente ruego que las personas de buena fe no paran de elevar a quienes, desde instancias superiores, pueden y deben intervenir en la solución del conflicto. Sin dar la razón a un pueblo o al otro -que razones a favor y en contra de cada uno seguramente las hay y no me considero capaz de calibrarlas-, me siento por humanidad inclinado a favor del pueblo palestino, por manifiestamente más débil y porque, por esta misma razón, está más claramente necesitado del apoyo moral de quienes observamos el ajeno sufrimiento. Baste comparar las cifras que sobre el actual conflicto y en el momento en que escribo estas líneas me llegan a través de los medios informativos: cinco víctimas mortales en territorio israelí, y ciento cuarenta y cinco en la población palestina.

“Israel está preparado para hacer lo necesario para proteger a sus ciudadanos… destruir los arsenales y eliminar a los líderes”. Con estas palabras el primer ministro, Benjamín Netanyahu, justificaba hace unos días la operación Pilar Defensivo. Ataques selectivos, se les llama, como si tal denominación excusase de sus terribles consecuencias.

Sentimos el dolor de todos, militares y civiles, hombres, mujeres o niños, que todos tienen derecho a un espacio de tierra donde vivir, un cielo al que dirigir sus plegarias y una humanidad que entienda, asuma y defienda sus derechos.

Viento del sur con el del norte llega

y, al encontrarse, el aire se estremece,

la bóveda del cielo se oscurece

y truenos y relámpagos despliega.

 

El agua torrencial la tierra anega

e indomable su ímpetu parece;

pero la niebla al fin se desvanece

y arco iris de luz la vista ciega.

 

Judíos y palestinos, escuchad:

¿Es que ha de ser eterna la tormenta?

¡Por Alá, por Yahvé, por Dios,  parad!

 

La guerra destrucción y odios alienta.

Pensad en vuestros hijos y buscad

la paz, que de justicia se alimenta.

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