PAREN, QUE ME BAJO

TEMPESTADEn el post ‘Zumbamos o nos zumbamos’ del pasado día 23, comentaba la crisis institucional que estamos padeciendo. Hoy, tristemente, no puedo sino  reiterar los comentarios.

Y es que los episodios se suceden martillando una y otra vez sobre la débil esperanza que nos queda y que nos esforzamos por salvar.

En el triste caso del  Madrid Arena, asistimos al lamentable espectáculo de una comisión investigadora por la que, como en una farsa burlesca, desfilan personajes y personajillos -cuando desfilan, que hay también quien consigue eludir la comparecencia-, sin que ninguno reconozca  la menor culpabilidad y, lo que es más grave, sin que a nadie parezca querérsele imputar. Confío, necesito confiar, en que se acabe haciendo justicia.

Aunque resulta realmente difícil creer en una justicia que no tiene sanción para quien, por un error de manual, deja en libertad a unos capos de la mafia, mientras es capaz de inhabilitar para su ejercicio por diez años al juez que consideró pertinente cambiar el régimen de custodia de un niño para que pudiera cumplir su ilusión de procesionar con su Cofradía. Actitud que fue exculpada en  primera instancia, pero que el Tribunal  Supremo consideró necesario sancionar. Tiren de hemeroteca si no, y vean lo ocurrido con los jueces Andreu y Serrano.

Igualmente difícil se nos hace apoyar a una clase política que continuamente se ve implicada en casos de corrupción. El más reciente, el declarado en la  Comunidad Catalana, que se ha bautizado  como ‘caso mercurio’, y que sucede a la larga cadena de escándalos, de los que ya hicimos mención y que prefiero no tener que recordar.

O confiar en un Ejecutivo que incumple uno tras otro sus compromisos, al dictado de Bruselas -el último, su ‘inquebrantable’ voluntad de no fallar a los pensionistas- o que concede un difícilmente justificable indulto a los mossos de escuadra condenados por torturar a un presunto delincuente que, para más inri -lo contrario tampoco hubiera excusado su conducta- resultó ser inocente de cualquier imputación.

BARCO EN LA TEMPESTADNo aprenderemos. Cuando aún está sangrante la herida de los ‘eres’ andaluces, asistimos a la réplica de la señora ministra de trabajo a las exigencias de un diputado andaluz y afirmando, más que insinuando, la difícil justificación del gasto de cuarenta millones destinados en los últimos años al fomento de empleo en la Bahía de Cádiz.

Como dije también en aquel post, la serie de episodios reprobables parece no tener fin. Creo que su relación no se hace necesaria , pues no existe día en que no nos despertemos con un desaguisado legislativo, ejecutivo o judicial.

Curiosa la iniciativa de Eduardo, bloguero sevillano, que en su día imploró la caída de un monolito sobre tanta ineptitud, arbitrariedad  y corrupción  y que, agotado por el esfuerzo y desesperanzado de encontrar una salida medianamente airosa, piensa con sus amigos pedir asilo en varios consulados europeos.

La iniciativa -que podría resultar hilarante si no respondiese a una triste realidad- da pie, cuando menos, para pensar. Confiemos en que no tengamos que llegar a tanto. Pero o este bendito país -y sus dirigentes los primeros- modifica sus estructuras, sacude de una vez las alfombras y deja un resquicio a la sensatez, o, desgraciadamente,  no nos quedará otra que gritar a quienes nos arrastran camino del desastre: Paren, que me bajo.

Me considero una persona realista, y más dispuesta al optimismo que a la desesperanza. Estoy convencido de que ningún obstáculo es insalvable, y que a toda tempestad sigue la calma. La preocupación estriba en los daños que en el envite llegue a causar el ímpetu del oleaje. Desde la esperanza, no exenta de realismo, el soneto de hoy:

No siempre el oleaje es favorable;

que en ocasiones llega la tormenta,

el viento arrecia, la tensión aumenta

y el riesgo se convierte en insalvable.

 

Mas desde el puente, firme, imperturbable,CAPITÁN

el capitán los  ánimos alienta,

la moral de sus hombres acrecienta

y el esfuerzo se torna infatigable.

 

Hoy sacuden las olas nuestra España

y amenazan ponerla boca abajo,

al pairo o a merced de gente extraña.

 

¡Despierten, señorías, que hay trabajo!

Cumplan lo prometido en la campaña,

o paren este barco, que me bajo.

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