NO TENSEN LA CUERDA

Está por todas partes, y crece por días, como una maligna epidemia. La vemos en cualquier esquina, a la puerta de los supermercados, apostada al amparo de los semáforos, tendida en las aceras o en los bancos de parques y plazas, asomada a los contenedores o rebuscando en las papeleras.

Con la cabeza baja y mostrando un dolorido mensaje en la leyenda en un cartón, con la mano tendida y los ojos POBREZAsuplicantes, o tratando de velar su humillación al amparo de un pretendido servicio – la limpieza rápida del parabrisas, el ofrecimiento de unos clinex al viajero-  o la exhibición vergonzante de una antigua habilidad:  sorprendentes malabares, rasgueo de una vieja guitarra, melodías  arrancadas al exótico ukelele, o repetitivo  canturreo de una sentida  melodía, estación tras estación.

Está por todas partes y nos hace entristecer. Es la pobreza, que se extiende por nuestra sociedad como una negra mancha de aceite, y con la que resulta imposible no encontrarse, aunque se trate a toda costa de esquivar.

Recuerdo, siendo niño -de eso hace ya más de medio siglo-, haber conocido la pobreza manifiesta y la mendicidad. En mi libro, por el momento inédito, ‘Me bajo un rato a la calle’, en el que se recogen las ‘memorias de un preadolescente en el Madrid de los 50’, se recogen vivencias que hace unos años, cuando escarbé en mi memoria para describir esos recuerdos, me parecían escenas preteridas que habían quedado atrás, para la historia, pero que no imaginaba volvería tan pronto a revivir. Aquella España que salía de una posguerra calamitosa mostraba cicatrices aún sin restañar. Cartillas de racionamiento, cientos de improvisadas chabolas tendidas sobre los taludes del Abroñigal, estraperlo, usura, escasez, mendicidad… AquelloDESALOJOSs ‘grises’ que, enviados por ‘la autoridad’,  a golpes de caballo echaban abajo las chabolas, vuelven hoy, con otro color y otras formas pero con igual resultado, a arrojar de sus casas a los más necesitados. Y quienes con lucrativo interés les ofrecieron un hogar, hoy se lo arrebatan sin empacho, esgrimiendo orden judicial.

Aquella penuria, que  parecía haber quedado definitivamente atrás, vuelve a estar presente entre nosotros; y como la plaga que, sofocada por la labor esforzada de una concienzuda desinfección se agazapa moribunda para aparecer de nuevo reforzada al menor descuido, ha vuelto a asomar, terrible y amenazadora en nuestra sociedad.

Va ya para seis años que la ‘crisis’, devoradora de esperanzas presentes y futuras, asomó la cabeza. Pasa el tiempo y ese monstruo de mil cabezas, terrible hidra de aliento venenoso, no parece dar muestra alguna de debilidad. Hay quienes -entendidos economistas y con mucho más conocimiento de causa que el que profanos en la materia, como yo, podamos pretender- aseguran que ese monstruo no nació por generación espontánea de la madre naturaleza, sino que se diseñó en el taller de los grandes trusts económicos, los mismos que se encargan cada día de alimentar a la bestia con la sangre de los débiles.

Los mismos que nos ofrecen cada día, a través de sus propios mensajeros, atractiva carnaza en la que morder para templar la indignación: corrupciones, corruptelas, escándalos… Ahora les toca el turno al caso Bárcenas o  al escándalo Noos,  como antes lo fueron el caso Gürtel,  la operación Pitusa o el escándalo Dívar…

Lo cierto es que el diseño ha resultado eficaz. Hoy no se reivindica un salario justo, se persigue tan sólo tener un trabajo con el que poder subsistir. El  objetivo no está ya en la calidad de vida, sino en la supervivencia. Las instituciones democráticas, la mejor si no la única arma que la sociedad puede esgrimir contra el poderoso y el tirano -la tiranía económica no es por incruenta menos destructiva-  está hoy en entredicho. Los mismos poderes que la hicieron crecer desmesuradamente y cuidaron muy mucho de hacerla ineficaz, hoy la ponen a los pies de los caballos. Quienes mueven los hilos necesitan marionetas que muevan por ellos brazos y pies y que soporten las iras que nacen de la explotación, la usura  y la injusticia, sin que a nadie se le ocurre mirar más allá y pueda descubrir las manos que las mueven.

No nos engañemos: la  riqueza, como la energía, no se destruye, se transforma.RIQUEZA Y POBREZA Simplemente, pasa de unos a otros. El empobrecimiento de muchos, supone sin duda el enriquecimiento de unos pocos. Un trasvase rápido, diseñado a conciencia y camuflado tras miles de concienzudos razonamientos macroecónomicos difícilmente digeribles, que llevará décadas recuperar. Lo que se consiguió año tras año, generación tras generación, con generoso esfuerzo y largas y costosas negociaciones, se derrumba como un castillo de naipes y tardará en volverse a construir.

La única esperanza está en la historia ya vivida. Esas mismas manos evitarán que las cuerdas se tensen en exceso y lleguen a romperse. Alguna vez ocurrió y no salieron bien parados. Más pronto que tarde, la ‘crisis’ cejará, las aguas volverán a serenarse y volverán los tiempos de relativa bonanza. Pero esta guerra encubierta, habrá dejado muchas bajas, entre ellas la de una generación perdida, que difícilmente encontrará acomodo, empujada por otra que será, sin duda, mejor recibida. La sangre más joven resulta más fuerte, más maleable  y, sobre todo, más barata.

En cualquier caso, y a pesar de todo, mi reflexión de hoy no quisiera resultar derrotista. Simplemente pretende sacudir nuestras conciencias y alejarlas de los cantos de sirena de quienes se ocultan entre bastidores y tratarán de aparecer después del descalabro con aire de pretendidos salvadores.

Alcemos nuestra voz para mejorar lo que tenemos, pero no caigamos en el error de destruir lo que con gran esfuerzo conseguimos. Exijamos que quienes tienen en su mano el mandato del pueblo revisen las estructuras de nuestra maltrecha democracia y reformen, con firmeza y sin nostalgias, lo que haya que cambiar. No perdamos de vista que en aguas revueltas siempre están al acecho pescadores de juego ventajista y espurias intenciones. No hay tiempo que perder. Y ustedes, poderosos señores en la sombra, por bien de todos y por su propio bien, dejen de tensar la cuerda.

………………………………………………..

Tiene la sociedad grandes señores

que manejan los hilos a su antojo

y disfrazan sus artes, sin sonrojo,

de desmanes de ineptos o traidores.

 

Son hábiles y diestros jugadores:

“Ahora estiro la cuerda, ahora la aflojo,

hago apostar al negro, luego al rojo,

y siempre les convierto en perdedores”.

 

Parece que el poder a veces cede

ante la democrática protesta,

mas siempre avanza más que retrocede.

MARIONETAS

 

Pero la historia, sabia, manifiesta

que la tensión los hilos romper puede

y pierde entonces más quien más apuesta.

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Una respuesta a NO TENSEN LA CUERDA

  1. CUR dijo:

    Sentémonos y contemos lo que tenemos: uno, dos, tres, cuatro, cinco panes y uno dos peces. Quizá baste para tanta gente.

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