NI ORO, NI INCIENSO…

NI ORO, NI INCIENSO…

images (4)Ni el preciado oro de los reyes, ni el incienso propio de los dioses ni la mirra aromática y medicinal sirvieron al Niño de Belén para paliar la pobreza y el frío que presidieron su alumbramiento. Fue el calor de los pastores, la sencilla calidez de su aliento y el brillo de sus ojos asombrados los que lo aliviaron.

Frecuentemente ocurre que no es en la mansión del poderoso ni en el seguro confort de la riqueza donde se aposenta la paz del espíritu.  La serenidad, el sosiego, la verdadera felicidad se abre paso con mayor facilidad donde no han sentado sus reales el egoísmo, la usura o la ambición. No fueron briosos corceles quienes caldearon las pajas del pesebre, sino el humilde aliento de una mula y un buey. Y cuando los dignos señores venidos de oriente retornaban a sus confortables mansiones, fueron humildes aldeanos quienes permanecieron en el establo, abrigando con el vellón de sus pellicas al recién nacido.adoratio

Vaya en homenaje a tan ilustre sencillez y a la de cuantos tienen el corazón limpio  y son capaces de reconocer siempre, incluso desde la postración y la impotencia, el poder de la amistad y el valor del afecto, los versos de este

ROMANZUELO NAVIDEÑO

En Belén brilló una estrella

y por su estela bajóimages

a la tierra un mensajero

que el propio Dios envió.

Anuncia una buena nueva:

Ha nacido el Salvador.

 

Un pastor, ya en el redil

ha dejado su rebaño

y, tranquilo, de camino

a su choza va marchando;

que el trabajo ha sido duroMAPE0061070095-0_12

y ya es hora de descanso.

 

Cuando escucha, sorprendido,

una voz que es casi un canto;

voz de un ángel, voz de Dios,

voz del cielo, voz de santo,

que se cuela por la piel

hasta el corazón llegando:

 

Escucha, pastor sencillo,

pastor noble, pastor bueno,

que tienes el alma limpia

y el mirar claro y sereno:

es noche de Navidad

y ha bajado Dios del cielo.

 

 

Quiere verte, sonreírte,

tener tu calor amigo,

saberte cerca, abrazarte,

y que le sientas contigo.

Lo encontrarás entre pajas,

en un pesebre tendido.

 

 

El pastor, deja sus pasos

caminar donde le lleven,

y a la entrada de un establo

le conducen. Se detiene,

y le llega de un bebé

el gemido tierno, leve.

 

No se atreve a traspasarimages (1)

el dintel, pues noble gente

ha llegado hasta el portal:

el séquito de tres Reyes

que siguieron a la estrella

y han venido desde Oriente.

 

Reconocen en el Niñoeugenio_cajes._la_adoracion_de_los_reyes_magos_3

al Mesías prometido,

y le regalan incienso

oro y mirra, agradecidos

al cielo que les brindó

ver su deseo cumplido.

 

El pastor, en un rincón,

tiene los ojos despiertos,

admirado, sorprendido,

atónito, boquiabierto,

al ver que a un bebé tan chico

adoran hombres tan regios.

 

Cuando los Reyes se marchan

queda el establo vacío;

el relente de la noche

va cayendo, ya hace frío,

y las pajas del pesebre

no son suficiente abrigo.

 

Ni el oro le da calor,

ni la mirra ni el incienso;

Y aunque su Madre, María

le abraza contra su pecho,

el Niño tiembla, tirita

su cuerpo menudo y tierno.

 

Siente el pastor que es ya hora

de llegarse hasta el pequeño;

se arma de valor y sale

de su rincón, cabizbajo,

vergonzoso, vacilante,

acobardado, discreto.

 

De su pellico de lana

sin dudarlo se desprende,

y sus manos temblorosas

a José, el padre, lo tienden

alzado sobre sus pies,

a un tiempo firmes y débiles.

 

José recoge el pellico

mientras el gesto agradece,

y cubre con él al Niño

que al notarlo se estremece,

pero que al  sentir calor

sonríe y pronto se duerme.

 

La_adoracion_de_los_pastores_Murillo

María mira al pastor

con infinita bondad;

que nadie como una madre

que ve en la necesidad

a su hijo, que lo ayuden

agradece de verdad.

 

Y mientras el Niño sueña

y su madre lo acaricia,

el pastor se va acercando,

coloca su mano tibia

sobre el pellico y suspira

diciendo:  ¡Dios, qué delicia!

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