ÉRASE UNA VEZ

ÉRASE UNA VEZ...Sólo tres palabras y puntos suspensivos. El inicio de una bella historia que contar, la llave que abre el mundo de la fantasía y del misterio. Sólo tres palabras y las mayores ilusiones, los deseos largo tiempo perseguidos, puestos a nuestro alcance.

Érase una vez… El inicio clásico del cuento, puede que las tres palabras más cálidas e inocentes, más cargadas de buenas intenciones que hayamos pronunciado jamás. Las decimos despacio, en un susurro, con inmenso respeto, e invitamos con ellas a traspasar la realidad   con sigilo, de puntillas…   –como a través del armario en las ‘Crónicas de Narnia’-,  al niño que nos escucha con los ojos abiertos como platos. Érase una vez…

Sabemos que el cuento, como los  sueños, pertenece a ese otro mundo al que nos CRÓNICAS DE NARNIAasomamos con curiosidad, tratando de no hacer ruido, un mundo frágil que se quiebra como el vidrio o como la capa de hielo que se formó una madrugada de invierno y sobre la que pretendimos, ilusionados,  deslizarnos. Se quiebra de pronto y nos devuelve  a la realidad.

Mundos y personajes fantásticos, tejidos con los frágiles hilos de nuestros temores y nuestros deseos. Que eso son los sueños y eso son los cuentos que nacen de los sueños.

CENICIENTAHumildes y maltratadas cenicientas, viven por unas horas la felicidad que injustamente se les niega. Brujas malvadas, ogros feroces, egoístas madrastras, vencidos por la bondad inocente de unos niños, el valor de un joven príncipe, el poder sorprendente de un hada madrina o, simplemente, porque quien tiene en su mano hacer y deshacer quiere por un momento que triunfen la inocencia, la justicia y la bondad.

Érase una vez… Cuentos, hermosos cuentos, pero cuentos al fin.

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Hace algunos años, ensayé, con la complicidad de mis alumnos de Magisterio y sin dar noticia de ello a la Academia, crear un género nuevo: el ‘casicuento’. Una llave también, como en el cuento, para tratar de traspasar la cotidianeidad y alzarnos tratando de atisbar los flecos de otra realidad lejana, pero posible, que apenas conseguimos asir se desvanece entre los dedos.

Todos, seguro, hemos vivido algún casicuento. En algún momento de nuestras vidas algo difícil de explicar se ha cruzado en el camino, ha roto por un momento la monotonía  y nos ha sacudido por dentro, inexplicablemente. Luego, un chasquido de dedos, y hemos regresado.

Yo recuerdo dos momentos, uno de mi niñez, el otro de mi adolescencia, que pudieran muy bien calificarse de casicuentos. Seguramente después, en la juventud o en la madurez haya habido otros, pero las preocupaciones eran mayores, la corteza  bastante más dura y la capacidad para sentir e imaginar, seguramente menor.

El primero –lo refiero en ‘Me bajo un rato a la calle’, mis memorias de preadolescente- , unMENDIGO día en que nos visitaron mis tíos y me dieron unas perillas para gastar. Yo hacía por entonces una colección de cromos: ‘Monumentos de Madrid’. Y como en todas las colecciones, un cromo se nos resistía a todos y hacía crecer día a día el mazo de los repes. Si os soy sincero, no recuerdo cuál. El caso es que aquella tarde salí de casa a la carrera, dispuesto a gastar aquellos céntimos en un par de sobres. En el camino al quiosco de periódicos, sobre la acera, apoyado en la pared, un mendigo, con la mirada perdida, movía a compasión al transeúnte dejando al descubierto los  muñones de sus piernas mutiladas. Ya lo había sobrepasado, cuando me detuve, reflexioné un momento –más que reflexionar, sentí-, volví sobre mis  pasos y puse sobre la mano tendida una limosna. Sólo me dio ya para un sobre. Pero –aquí la razón del casicuento-, en el que me entregó el quiosquero a cambio de las  monedas que me quedaban, me estaba esperando el cromo que completó mi colección y que pude mostrar orgulloso a mis amigos.

La otra ocasión, igualmente sorprendente. Tenía trece o catorce años, y estudiaba el Bachillerato Elemental interno en Griñón, localidad próxima a Madrid. Era práctica habitual que un par de veces al mes hiciésemos una marcha al pueblo de Batres, localidad vecina, y allí pasásemos la tarde disfrutando del balón de fútbol y de una naturaleza generosa.

CARRETERA NEVADAAquella tarde regresábamos alineados, como siempre hacíamos, a lo largo de la cuneta, por la izquierda de la carretera, como mandan los cánones. El día anterior había nevado copiosamente, y aún era abundante la nieve que poco a poco se deshacía dejando ver las calvas del terreno, más negruzco si cabe en su contraste con la nieve.

Entonces me di cuenta: ¡mi boli!, el ‘Parker’ que unos  días atrás, en la habitual visita del domingo, me habían regalado mis padres, no estaba en mi bolsillo.  Para mí, como para cualquiera en aquellos tiempos, aquel bolígrafo de última generación era un tesoro. Y yo, imprudente de mí, lo había llevado a la excursión para presumir ante mis compañeros. ¡Mi  boli! Lo había perdido. ¿Cuándo?, ¿dónde?…, imposible adivinarlo, tras toda una tarde de saltos y carreras.  No podía ser, no, ¡mi Parker, no!

No sabría decir si lo decidí de repente o medió alguna reflexión. Me recuerdo regresando sobre mis pasos, dejando atrás a mis compañeros y recitando interiormente un padrenuestro a San Antonio. El remedio que mi madre decía existir para estos casos.

No os lo creeréis, pero tan sólo hube de caminar unos cientos de metros, con los ojos vidriosos por la congoja y por el frío. Me detuve en seco. Allí estaba, semienterrado en la nieve, el bolígrafo Parker, con su elegante negro mate y su capuchón cromado.

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CAÑONES DE CONFETISon muchos los casicuentos que me gustaría contaros. En ellos no aparecen magos encantadores, príncipes sobre briosos corceles o brujas desalmadas. Pero en todos ellos se vislumbra un sueño que no estaría nada mal se hiciera realidad: países hermanos que dejaran de lanzarse misiles y descubrieran su cielo cubierto de serpentinas y confeti para brindar juntos por la paz. Fábricas de armas que cambiaran los ingenios de sus máquinas por útiles de laboratorio con que encontrar remedio a males y epidemias que amenazan la humanidad y se ceban en los más débiles. Enormes petroleros que cruzasen los mares, y que lejos de verter destructivos residuos recogiesen de ellos aguas depuradas y toneladas, miles de toneladas  de alimentos. Políticos y VACUNANDO EN EL TERCER MUNDOgobernantes que dejasen de mirarse  el ombligo y descubriesen el inmenso trabajo que queda por hacer. Tribunales y jueces que supiesen disculpar el daño nacido  del hambre  y la miseria, y a los que no  le temblase el pulso  para exigir, sin eternas dilaciones, la justa restitución de fortunas amasadas desde el robo y la explotación. Tantos y tantos sueños… Tantos y tantos casicuentos…

Ojalá pudiéramos contárselos un día a nuestros pequeños y verles dormir tranquilos. Puede que también nosotros consiguiéramos conciliar el sueño.

Comenzaríamos, eso sí, como es preceptivo: Érase una vez…

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Soñar… ¡Qué bello, soñar!

Explorar mundos fantásticos,SOÑAR

perforando en el misterio;

actuar de marionetas

en frustradas aventuras;

cerrar los ojos y enfocarlos hacia dentro;

remover en el rescoldo

de apagados pensamientos;

soportar, por un momento,

el sarcasmo y la ironía del recuerdo;

contemplar mil imposibles

en absurdas sucesiones de pretéritos.

Soñar… ¡Qué bello, soñar

con el alma al descubierto!

DESPERTAR

Despertar: amargo término

de soñadas fantasías

o esquivar, regocijado,

las arenas movedizas de lo incierto.

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