NO DESESPERES

“Menos mal que no me quedan muchos años”. Esto me comentaba hace poco un buen amigo a punto de cumplir la setentena. Seguro que lo decía con la boca pequeña, y que, llegado el momento, no desearía ver asomar la parca por su puerta. Pero creo que la expresión, nacida del subconsciente, pone de manifiesto el hartazgo a que se puede llegar cuando te niegas a cerrar los ojos y observas, con mediano detenimiento, la situación en que te encuentras.

MediaHandler[1]No se trata de la natural nostalgia sobrevenida con el peso de los años, que también, sino del marasmo y la impotencia sobrevenida y que te impide actuar con la eficiencia que hubieras deseado. Observas la crisis de valores, la volubilidad de los principios y la actuación acomodaticia –o en el mejor de los casos la impericia- de quienes dirigen la nave en que estamos embarcados y en cuyas manos hemos puesto el timón. No acabamos de ver con claridad el rumbo y presentimos una dura y peligrosa marejada. Nos preocupa, más por quienes zarparon no hace mucho y tienen por delante larga singladura que por quienes más pronto que tarde arribaremos a la orilla.

Parece imposible que después de siete décadas vividas no acabe uno de perder la capacidad de sorprenderse. Ayer visioné en la televisión una secuencia que se ha hecho viral, que seguramente conoceréis y que imagino os habrá estremecido tanto como a mí. Ocurrió el pasado abril en la ciudad china de Zhumadian: un taxi atropella imagesMFG939WDviolentamente a una señora en un paso de peatones y prosigue su marcha, dejando a la mujer tendida en la calzada. Varios automóviles transitan en uno y otro sentido, y distintos peatones atraviesan la vía, sin que nadie parezca percatarse de la trágica situación. Un segundo automóvil acaba pasando por encima a la mujer herida, que acaba volteada como un muñeco de trapo. Sólo entonces la conductora de este segundo vehículo se detiene y acude parsimoniosamente a interesarse por aquella. La explicación –que no la justificación- de tales actitudes la encuentran algunos en una incomprensible normativa que amenaza al potencial samaritano con responsabilidades legales y económicas que no tendría por qué asumir.  En cualquier caso, situaciones como esta ponen de manifiesto la creciente deshumanización, fruto de la crisis de valores y principios a los que hacíamos referencia.

imagesDNN9FUGNSin ir tan lejos y observando nuestro entorno más próximo, preocupa una sociedad en la que alguien es capaz de identificar al ladrón y estafador con el propio Dalai Lama; se tilda de despótico y antidemocrático, por espurios intereses, el respeto a la legalidad; se niega el homenaje al héroe en su propia ciudad natal; se insulta sin pudor al adversario, y quien es protagonista de claras corruptelas esgrime como arma arrojadiza la misma corrupción.

Es triste, decíamos al comienzo, llegar a desear que alguien nos cierre los ojos y nos permita perder de vista tanto despropósito. No es ya la marejada que nos zarandea, sino la tempestad que presumimos se avecina y en la que de ningún modo quisiéramos ver envuelta a nuestra descendencia.

La experiencia nos dice, sin embargo –en repetidas ocasiones lo he comentado- que el movimiento de la historia es pendular, que la humanidad avanza y que un balance global y equilibrado desmiente el dicho popular de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Apelo a la esperanza, que nunca ha de perderse, y espero y deseo que la aguja de marear –a pesar de los vaivenes que ahora nos inquietan y preocupan- acabe por encontrar y fijar un rumbo acertado.

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Es fuerte la tormenta y duro el oleaje;imagesMWUUVLC3

el cielo se emborrona con nubes de ceniza;

gira el timón, sin rumbo, a merced de los vientos

y soy zarandeado de babor a estribor.

Asomo por la borda buscando el horizonte,

y el agua, en mil cristales, me salpica la cara,

me ciega, me entorpece,

me arrastra por cubierta

y acabo trompicando como un pelele inútil.

Me esfuerzo por erguirme, por sostenerme en pie;

el mástil, que fue firme, ya cruje y se estremece;

el velamen se torna paño leve y ajado,

incapaz de tensarse para empujar la nave

que marcha a la deriva.

 

Me dijeron mil veces que nunca desespere,

que los vientos amainan después de la tormenta

y ha de llegar la calma tras de la tempestad.imagesT0H9FYJH

No he de hundir la cabeza ni darme por vencido:

buscaré entre la bruma la luz que ha de salvarnos;

me mantendré en cubierta, de pie, firme y alerta;

amarraré mis brazos, mis piernas y mi alma

con jarcias de esperanza, de fe en la humanidad.

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