QUE DIOS NOS COJA CONFESADOS

“Vísteme despacio, que tengo prisa”, dice el refrán popular. Y tiene mucha razón. La prisa, la precipitación, a nada bueno conducen. Cuántos caminos ha habido que reanudar, cuantas obras que reiniciar cuando creíamos haberlas completado. Y es que no es posible caminar más aprisa de lo que nuestras piernas dan de sí ni llevar la destreza más allá de lo que nuestras manos permiten, salvo fastidioso traspiés o lamentable error que nos devuelvan al punto de partida.

informaciÓnTodos percibimos la desazón, el desconcierto, el creciente desequilibrio de la sociedad en que vivimos. Nos pueden las prisas. Cada vez el pasado y el futuro están más cerca del presente. La acción resulta inaplazable, y apenas deja tiempo para la reflexión. Atendemos a lo inmediato, con la vista puesta en el siguiente paso, cuando apenas hemos empezado a dar el que ahora nos ocupa. Difícil ir más allá, trascender la realidad que nos reclama con urgencia. El misterio, la trascendencia, el espíritu que inspira valores por encima de la realidad material, quedan por lo general fuera de foco, salvo en las ocasiones en que nos damos de bruces con la privación, el dolor o la muerte y sentimos una sacudida que nos invita a detenernos.

En todo ello tienen mucho que ver los avances tecnológicos, que se desarrollan en progresión geométrica. Cabe confiar en que –según aseguran prestigiosos neurólogos- la mayor parte de nuestro cerebro está virgen, con lo que parece queda un amplio porcentaje de nuestro disco duro sin utilizar. Pero el problema puede no residir en la capacidad de almacenaje, sino en el ritmo de procesamiento. Se nos agolpa a la puerta la información, que empuja y pretende abrirse paso, animada por la publicidad y estimulada a través de los multimedia y las redes sociales. Y esto nos produce innegable ansiedad. Vivimos una época en la que, paradójicamente, nos invade la comunicación, al tiempo que nos vamos convirtiendo en auténticas islas. Eso sí, bien pertrechados de medios de los que nos esforzamos en sacar partido. Cada generación se solapa más con la anterior. Nadie quiere quedarse atrás. Y el margen se nos presenta cada vez más efímero. Es mucho lo que se nos pone por delante, y breve el tiempo de que disponemos. Imposible de todo punto, ponerse al día. Seguros estamos de que el mundo que nos vio nacer tendrá muy poco que ver con el que dejaremos en nuestra partida.

La complejidad es progresivamente mayor. Vivimos envueltos en permanente reto, anteim_port[1] problemas de creciente complejidad y difícil solución: crisis económica, provocada en gran parte por el propio avance tecnológico y el consiguiente incremento del paro; crisis demográfica, fruto en gran medida de la anterior; crisis democrática, con preocupante desarrollo de movimientos nacionalistas de diferente signo; inmigración descontrolada; amenazadora invasión islámica, apoyada en el desarrollo demográfico –en manifiesto desequilibrio con el autóctono occidental-, cuando no impregnada de tintes terroristas; desarrollo de nuevas estructuras familiares y sociales; espectacular desarrollo de la genética, con evidentes riesgos que a nadie se le escapan…

La globalización, apoyada en elementos como la unificación de la moneda, la universalización de una lengua de entendimiento común, o las políticas supraestatales, entre otros factores, merece en general consideración positiva. Pero no deja de entrañar evidentes riesgos. Entre ellos –lo apuntábamos desde el principio- la dificultad de asimilación, para el individuo y para la sociedad en general. Digerir cambios, no siempre sustanciales pero  sí complejos, a ritmo tan acelerado, resulta complicado; metabolizarlos sin riesgo, tarea sumamente difícil. Y pues es de suponer que la aceleración sobrevenida será cada vez mayor, duro lo tienen las próximas generaciones para asimilar los cambios y evitar el caos. Si se me permite la expresión coloquial, “que Dios les coja confesados”.

…………………………………………………

Se mueve el universo en órbitas constantesimages9D2V6FMP.jpg

que giran y se alejan, que vienen, van y vuelven

y nunca retroceden.

Avanzan en su giro estrellas y planetas;

cometas y satélites se desplazan en vuelo persistente,

se mecen, se acompasan, y en un ballet solemne ,

casi eterno, se cimbrean y ruedan en sus ejes,

mas nunca se detienen.depositphotos_104239184-stock-photo-gentle-surf-on-long-ocean[1]

 

Se suceden las olas, incansables, perennes.

El viento bambolea las ramas

en suave caricia o en brusca sacudida,

para afirmar al árbol y desechar las hojas

que cumplieron su ciclo; otras nuevas le crecen

en las yemas que se abren y aparecen

sobre la misma huella que dejaron las otras al caerse.

sin título

Todo cuanto en el seno de la naturaleza

se gesta, crece y muere,

nace y se desarrolla justo a tiempo, sin prisas ni vaivenes:

concepción, nueve meses, el parto, y una vida que alienta;

respiraciones leves y constantes,

al ritmo de latidos permanentes.

Correr cuando no toca, precipitar la marcha,1431612138_703847_1431612680_noticia_normal[1]

quemar etapas, empeñarse en insomnios importunos

cuando la vida duerme;

o afanarse, por absurdo egoísmo,

en detener con palos en las ruedas

la carreta que en libertad se mueve,

solo ansiedad produce;

angustia y estúpida impotencia,

sensación de vacío, inoperancia,

ineficacia ausente de frutos conseguidos se suceden.

 

Caminar, avanzar con paso firme,imagesk3oo2yhm

trazar el surco recto, con la mirada al frente,

la mano en la mancera, firme, constante y exigente,

sin saltos ni carreras a destiempo,

sin hurtarle al descanso el tiempo que merece,

sin negarle a la mente

la pausa para orear el pensamiento y concederle

la reflexión que alumbra, orienta en el camino

y al alma fortalece.

Caminar y avanzar, pero sin prisas.

Que saltar y correr dando traspiés,

precipitarse, quemar etapas,

no es forma saludable de perseguir la meta;

es llegar al final huero, vacío, y agostarseimagesdmjn3e6y

sin fruto que ofrecer. Es morir sin vivir,

es reventar la flor antes de abrir,

y verla sofocarse y marchitarse.

 

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